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Teatro

Corriendo el riesgo de incurrir en afirmaciones demasiado genéricas, se diría que el Teatro portugués se asienta sobre cuatro pilares fundamentales. El primero está constituido por sus escritores o autores literarios; el segundo, por los grandes actores y actrices de comedia y drama que dieron cuerpo y voz a los textos más representados, o de mayor suceso a lo largo de los últimos años; el tercero consiste en el papel extremadamente relevante que, tanto los grupos calificados como independientes, como las compañías nacionales, en todo ello desempeñaron (caso, concretamente, del Teatro Nacional D. Maria II, dirigido por el actor Diogo Infante, en Lisboa, y del Teatro Nacional de São João, en Oporto, bajo dirección de Nuno Carinhas y Nuno M. Cardoso); y, por último, el teatro considerado “de importación”, o sea, el recurso a piezas y autores extranjeros que, traducidos, adaptados y representados, colocaron nuestro país en la senda del mundo artístico, sobre todo europeo y americano.

Dicho esto, comencemos por algunos de los grandes escritores y por las piezas más relevantes que nos dejaron. El primero de ellos, Gil Vicente, hombre de transición de la Edad Media al Renacimiento (contemporáneo de Juan del Encina), escribió tanto en portugués como en castellano (y de ahí que a veces se le haya tenido por “español”, cuando, al final, es justamente considerado el creador del teatro portugués). Es un autor prolijo y de máximo interés a todos los niveles. Escribió decenas de autos, farsas, comedias y alegorías, en las que el humor, la crítica valiente de la sociedad y de los hombres, y el lenguaje (casi siempre en verso de siete sílabas) son todavía hoy de una actualidad flagrante, por aquella especie de analogía de la condición humana que sólo los maestros consiguen proyectar por los siglos en adelante. Obras suyas, como “Auto da Barca do Inferno” (Auto de la barca del infierno), “Auto da India”, “Auto da Feira” (Auto de la feria) o “Farsa de Inês Pereira”, además de haber tenido un éxito inmediato en la animación de la corte, aún hoy son continuamente representadas en todo el país, bajo las más variadas lecturas y propuestas escénicas, como es propio de los clásicos.

Otro hombre del Renacimiento portugués es António Ferreira, autor de “Castro”, basada en los amores trágicos, ilegítimos y verdaderos de una gallega cortesana, Inês de Castro, con el príncipe Pedro, heredero de la Corona del rey Afonso IV, que la condenó a muerte. La historia de Inês de Castro acabó por transformarse en un tema europeo, haciendo parte, hoy, de la literatura, de la música, del cine y de la cultura occidental. (Camões, en “Os Lusíadas” le dedica algunas de las más maravillosas estrofas de toda su obra de poeta épico y lírico, pero el tema de Inês está en todo el imaginario portugués). António José da Silva, “o Judeu” (el judío), quemado por la Inquisición, es autor, entre otras piezas menos conocidas, de una sátira irónica y contundente, “Guerras de Alecrim e Manjerona”, en la cual prolonga la tradición del humor, de la tragedia y de la crítica social de nuestra literatura dramática. Bernardo Santareno, escritor del siglo XX, le dedicará una pieza, “O Judeu”, que toma el personaje como ejemplo de la intolerancia y de la persecución política, también para criticar, a nivel de las alusiones y analogías sutiles, la dictadura de Salazar que imponía la censura previa a la prensa, a los libros, a los espectáculos y a la comunicación en general.

El escritor romántico (poeta, dramaturgo, novelista y ensayista) Almeida Garrett, autor de obras dotadas de gran calidad e innovación (introdujo, con Alexandre Herculano, el Romanticismo literario en Portugal), fundó el Teatro Nacional y escribió varios dramas, el más conocido de los cuales es “Frei Luís de Sousa” (Frai Luis de Sousa), cuya acción discurre en pleno período de la ocupación española de 1580 a 1640. Al buen y canónico modo romántico le entrecruza un ejemplo de revuelta patriótica contra el ocupante, con una historia familiar de amores infelices y contrariados por el destino, con el pretexto del regreso de un héroe derrotado en Alcázar Quibir, en Marruecos, al lado del rey D. Sebastião. En la obra mueren los inocentes, se recogen los culpables al convento y a la vida monástica, y los restantes quedan como suspendidos del propio destino. Esta es, posiblemente, la mejor y más emotiva obra literaria de todo el teatro portugués: conoció todo tipo de escenificaciones, fue una especie de escuela de autores y está también adaptada al cine.

Otros escritores de teatro en Portugal, del siglo XX a nuestros días: Raul Brandão, Júlio Dantas, António Patrício, Bernardo Santareno (de todos estos, el más productivo y también el más representado durante y después de la Dictadura), Luís Francisco Rebello, José Cardoso Pires, Luís de Sttau Monteiro, Maria Velho da Costa, Mário de Carvalho, Jorge Silva Melo, Lídia Jorge, Luísa Costa Gomes. Jacinto Lucas Pires, Paulo José Miranda, Abel Neves, José Maria Vieira Mendes.

A destacar, como antes se dijo, el papel relevante de los grupos y compañías independientes en la construcción de un panorama de modernidad del teatro en Portugal, bien por insistir en la producción nacional, bien por el carácter experimental y de vanguardia de algunos de sus proyectos estéticos y conceptuales, bien, todavía, por el trabajo de traducción y escenificación de textos extranjeros (desde los clásicos a los contemporáneos). Algunos de esos teatros son hoy verdaderas instituciones históricas y culturales: Teatro Aberto (dirigido por João Lourenço) el Teatro de la Cornucopia (Luís Miguel Cintra), Teatro de la Comuna (João Mota), Artistas Unidos (Jorge Silva Melo), O Bando (João Brites), A Barraca (Maria do Céu Guerra) y la Compañía de Teatro de Almada (Joaquim Benite).

Todavía hay otros un poco por todo el país, ciudades y villas como en Lisboa, Oporto, Coimbra, Viseu, Tondela (“ACERT”), Covilhã (“Teatro das Beiras”), Vila Real, etc. Algunos de ellos son más “experimentales” que otros, como es obvio; hay, todavía, los que son más “independientes” y los que han merecido más apoyos de fondos públicos por parte del Estado. Pero todos, en conjunto, con sus programas e ideas, se complementan entre sí y contribuyen a establecer en Portugal un cuadro de diversidad teatral bastante considerable.

Es siempre un tanto arriesgado, sino inoportuno, mencionar a los grandes actores y actrices del teatro portugués, estén en activo o pertenezcan ya al pasado. Se incurre en subjetivismos, se discrimina incluso involuntariamente y se convierten en una inevitable injusticia y omisión  imperdonables. La fuerte relación existente, entre nosotros, en el ámbito del mercado de trabajo, entre cine, teatro y televisión, puede igualmente ser ilusoria respecto del valor real y del respeto que nos merece esta gente, que ama el teatro por encima de todas las artes, pero que sólo ve su imagen de artista proyectada hacia el exterior cuando accede a las pantallas y a la gran fama mundana. Nos abstenemos, por ello, de proceder a citas arbitrarias, pudiéndose, no obstante, recurrir a otros medios de información facilmente disponibles.